—Mañana quemamos esto. Luego Mauricio Nájera se queda con el rancho. Ya entregó dos millones de pesos como anticipo.
Sentí que el estómago se me revolvía. Mauricio era dueño de una constructora investigada por mover dinero de procedencia dudosa. Mi abuela había sospechado que Héctor quería usar el rancho para operaciones ilegales. Por eso, semanas antes de morir, transfirió la mayor parte de sus propiedades a la Fundación Amalia Ortega y me nombró administradora única.
Ellos estaban intentando robar bienes que legalmente ya no podían tocar. Mi abuela también había ordenado que cualquier intento de venta activara una revisión notarial automática. Aunque consiguieran mi firma, la operación quedaría bloqueada y la fundación recibiría una alerta inmediata.
Mi teléfono vibró otra vez. La alerta había salido.
Entonces sonó el timbre.
Verónica se quedó inmóvil.
—¿Esperabas a alguien?
Negué con la cabeza.
Mi padre se acercó a la puerta y miró por la cámara de seguridad. Su rostro perdió el color.
—Son policías. Y Sofía está con ellos.
Renata bajó el celular.
—¿Cómo supieron?
Héctor me miró. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—¿Qué hiciste?
—Nada que ustedes no hayan hecho por sí mismos.
Verónica se abalanzó sobre mí y arrancó el broche de mi blusa. Al descubrir la diminuta cámara, lanzó un grito.
—¡Nos estaba grabando!
Mi padre tomó la carpeta y corrió hacia la chimenea decorativa, pero me interpuse, tambaleándome.
—No sirve de nada. Esas son copias.
—¿Copias? —preguntó.
—Los originales están resguardados ante notario. Y las propiedades pertenecen a la fundación desde hace semanas.
La puerta retumbó bajo un golpe.
—¡Fiscalía del Estado! ¡Abran inmediatamente!
Héctor volvió a levantar el bate.
—Tú trajiste esto a mi casa.
—No, papá. Tú lo trajiste cuando decidiste que mi brazo valía menos que tu codicia.
Renata trató de detenerlo, pero él la empujó. Su celular cayó al suelo con la cámara encendida. En la pantalla aparecían miles de comentarios subiendo a toda velocidad.
No estaba grabando un video privado.
Había transmitido todo en vivo.
Verónica corrió hacia el teléfono, pero justo cuando la puerta empezó a ceder, Renata miró la pantalla y lanzó un grito que nos heló a todos.
PARTE 3
—¡Hay más de cuarenta mil personas mirando! —gritó Renata, con el rostro desencajado.
Durante unos segundos nadie se movió. En la pantalla del celular se repetían mensajes exigiendo que llamaran a la policía, que identificaran a mi padre y que salvaran a la mujer herida que aparecía en el suelo. Renata había iniciado la transmisión para humillarme, pero la conexión nunca se cortó. Cada amenaza, cada confesión y cada intento de fabricar una escena falsa ya circulaba fuera de aquella casa.